Hay cosas que arrastramos y que no siempre sabemos nombrar

A veces no sabemos exactamente qué nos ocurre.

Solo sabemos que no estamos bien. Que hay días en los que todo pesa demasiado. Que reaccionamos de una forma que ni siquiera entendemos. Que nos exigimos constantemente, que nos cuesta parar, que sentimos que nunca hacemos suficiente o que, aunque aparentemente todo vaya bien, hay algo dentro que sigue inquieto.

Y muchas veces no tiene que ver únicamente con lo que está pasando ahora.

Tiene que ver con todo aquello que hemos ido acumulando.

Experiencias que no terminamos de comprender. Emociones que aprendimos a guardar. Palabras que nos hicieron daño. Relaciones que nos dejaron heridas. Expectativas que sentimos que tenemos que cumplir. Una forma de relacionarnos con nuestro cuerpo, con la comida, con el trabajo o con los demás que quizá, en algún momento, nos ayudó a sobrevivir… pero que hoy ya no nos permite vivir con tranquilidad.

¿Qué estás sosteniendo?

Vivimos muchas veces intentando seguir adelante sin detenernos a mirar qué llevamos encima.

Arrastramos el miedo a no ser suficientes.

La necesidad de hacerlo todo bien.

La sensación de tener que demostrar constantemente nuestro valor.

La culpa por descansar, por decir que no o por pensar en nosotros mismos.

La comparación con otros cuerpos, otras vidas y otras formas de estar en el mundo.

La lucha constante con nuestra imagen.

La dificultad para aceptar los cambios.

El miedo al rechazo, al abandono o a volver a sentirnos heridos.

Y también experiencias que quizá nunca pudimos expresar, elaborar o colocar en algún lugar.

Todo eso puede seguir presente.

A veces aparece en forma de ansiedad. Otras veces en forma de tristeza, bloqueo, irritabilidad o cansancio. Puede aparecer en nuestra relación con la comida, con el cuerpo o con el ejercicio. En la forma en la que nos vinculamos con los demás. En nuestra necesidad de controlar. O, simplemente, en esa sensación difícil de explicar de que algo dentro de nosotros no termina de estar en calma.

No siempre se trata de “pasar página”

Hay cosas que no necesitamos olvidar.

No necesitamos expulsarlas de nuestra historia ni hacer como si nunca hubieran ocurrido.

Quizá el camino consiste en dejar de agarrarlas con tanta fuerza.

En comprender qué función tuvieron determinadas formas de pensar, sentir o actuar.

En mirar nuestra historia con algo más de compasión.

En entender que muchas de las cosas que hoy nos limitan fueron, en algún momento, recursos que encontramos para protegernos.

Y, desde ahí, poder preguntarnos:

¿Esto que hago, que pienso o que sostengo todavía me ayuda?

¿O ha llegado el momento de aprender otra manera de estar conmigo?

El cuerpo también habla

No somos solo pensamientos.

Nuestra historia también vive en el cuerpo.

En la tensión que acumulamos. En el cansancio que no siempre se va descansando. En la respiración que se acelera. En ese nudo en el pecho o en el estómago. En la dificultad para parar y escuchar qué necesitamos.

Por eso, entendernos no siempre consiste únicamente en hablar de lo que pensamos.

A veces necesitamos volver al cuerpo.

Preguntarnos:

¿Cómo llega hoy mi cuerpo?

¿Qué estoy sosteniendo?

¿Dónde lo noto?

Porque quizá llevamos tanto tiempo funcionando en automático que hemos dejado de escucharnos.

Y reconectar con nosotros mismos puede empezar precisamente ahí: en parar, respirar y prestar atención.

Un espacio para entenderte y empezar a cuidarte

Un proceso terapéutico no consiste en que alguien te diga cómo tienes que vivir.

Tampoco tienes que llegar con todas las respuestas o saber explicar perfectamente qué te ocurre.

A veces el primer paso es simplemente reconocer:

«No quiero seguir sintiéndome así».

La terapia puede ser un espacio para poner palabras a aquello que cuesta nombrar. Para comprender patrones que se repiten. Para mirar nuestras heridas, nuestros miedos y nuestras relaciones desde otro lugar.

Un espacio para entender nuestra relación con la comida y el cuerpo, para trabajar la autoestima, la ansiedad, los cambios, las pérdidas, las experiencias que siguen doliendo y todas esas partes de nosotros que, de una manera u otra, siguen pidiendo ser escuchadas.

Porque cuidarnos no siempre significa convertirnos en otra persona.

A veces significa volver a encontrarnos con quienes somos debajo de todo aquello que hemos aprendido a cargar.

Quizá no tengas que resolverlo todo hoy

No necesitas tener tu vida ordenada para empezar.

No necesitas esperar a tocar fondo.

No necesitas saber exactamente qué te pasa.

Quizá solo necesitas darte permiso para parar un momento y preguntarte:

¿Cómo estoy realmente?

Y quizá, después de esa pregunta, pueda aparecer otra todavía más importante:

¿Qué necesito ahora?

Si sientes que hay cosas que llevas demasiado tiempo sosteniendo, que tu relación contigo mismo, con tu cuerpo, con la comida o con los demás se ha convertido en una lucha, o simplemente necesitas un espacio para comprenderte mejor, quizá este pueda ser un buen momento para empezar.

No tienes que expulsar tu historia.

No tienes que olvidarla.

Pero quizá puedas empezar a dejar de cargarla tú solo.

Respira. Escúchate. Y, cuando estés preparado, da el primer paso.

El cambio también implica perder: aprender a soltar para poder avanzar

Pero hay una parte del cambio de la que hablamos mucho menos:

cambiar también implica perder.

Y quizá por eso algunos cambios nos duelen tanto, incluso cuando sabemos que son necesarios.

Porque no solo dejamos atrás situaciones. A veces dejamos atrás personas, rutinas, lugares, expectativas, vínculos, maneras de relacionarnos e incluso una versión de nosotros mismos que durante mucho tiempo nos ha acompañado.