Cuando la comida se convierte en una obsesión compulsiva.

Desde muy temprana edad, fui consciente de mi dificultad para parar, para dejar de comer algo si me gustaba mucho, de mi impulsividad y de la dificultad para poner límites. De hecho, no veía los límites, no entendía qué eran ni para qué eran necesarios. Se me hacía muy complicado, comenzar a comer algo y parar sin terminarlo. 

Necesitaba ver que se había terminado la bolsa, y muchas veces, si veía otra bolsa quería más, a pesar de tener el estómago lleno. Recuerdo el día en que pensé:  “yo no puedo probar un cigarro”, “yo no puedo beber alcohol” y ni mucho menos probar otro tipo de sustancias que, por aquellos años, ofrecían en las discotecas de mi pueblo con tanta facilidad, prometiendo la idea de felicidad al instante. Doy gracias a esa vocecita interna que con tan solo 8 ó 9 años ya intuía que si comenzaba a consumir esas sustancias, no podría parar  y que las consecuencias serían fatales para mí. 

Con el tiempo, me he dado cuenta de que el desarrollo de “nuestras adicciones” tienen mucho que ver con cierta predisposición genética, con nuestro temperamento y con nuestra propia historia personal. Podemos sentirnos inconscientemente atraídas hacía una o varias sustancias o conductas adictivas, básicamente para evitar contactar con emociones y sensaciones contractivas como nuestros miedos, tristezas, enfados… Las personas tendemos a evadirnos de lo desagradable y a “engancharnos” a lo placentero.

Naturalmente, legales o no, hay sustancias más agresivas y potencialmente más adictivas que otras. Alcohol, tabaco, cannabis, heroína, cocaína… son algunas de ellas. Como lo son potencialmente otras conductas como el sexo, la compras, el trabajo… 

Potencialmente más adictivas unas que otras, no es -solo- la sustancia o la conducta en sí misma la que generan la “adicción”. 

Es la finalidad de nuestro consumo o conducta, nuestra relación con ello, lo que ocurre en nuestra mente y, por tanto, en nuestro cerebro, lo que puede convertir algo o alguien en adicto o adictivo. La comida es un buen ejemplo.

Los comedores normales pueden ocasionalmente comer mucho de algo sin que por ello se desencadene una compulsión obsesiva -o una obsesión compulsiva- que les lleve a no poder parar. 

Un comedor “normal” puede frenar cuando lo desea. Un comedor compulsivos, no.

Para el “comedor compulsivo”, existen ciertos “alimentos compulsivos”. En mi experiencia,  se trata de esos alimentos que, una vez que los he comido, en lugar de producir en mi cerebro la sensación de saciedad, provocan la orden contraria. O lo que es lo mismo: de querer y querer más.

Observar mi relación con la comida ha sido necesario para poder entender cuál era en realidad mi problema.

Una persona tiene un problema de compulsión con la comida cuando la emplea del mismo modo en que se emplea una droga: para adormecerse, para anestesiarse, para consolarse, para evadir la soledad y hacerse compañía, para alejarse de problemas internos o para castigarnos y aliviar sentimientos que, en muchas ocasiones, tienen que ver con la culpa.

Podemos tener pensamiento obsesivos y conductas compulsivas con la comida en sí misma o con lo que hacemos con ella. Por ejemplo, estar a dieta constantemente y tener atracones de comida de modo puntual. 

Lo adictivo de vivir en “lucha” con la comida es que ya sabemos qué hacer y con qué preocuparnos. Estamos ocupadas y resistiendo de forma constante, centradas en no comer y sufriendo cuando comemos de más. El resto de los sufrimientos de nuestro día a día, parece que bajan de volumen si nos enfocamos en esa meta que, tal vez, jamás podremos alcanzar. 

Muchos autores sostienen que la compulsión con la comida tiene que ver con la alimentación emocional, que podría definirse como tener hambre desde el corazón y no desde el estómago: recurrimos a la comida, aunque no tengamos hambre físicamente, porque estamos hambrientas de algo que ni siquiera sabemos qué es. En mi caso, son muchos los motivos por los que recurría a la comida. Comía por frío, por calor, por cansancio, por dolor, por aburrimiento, por miedo, por enfado, por alegría, por no saber decir que no, por agradar, por quedar bien, por no llevar la contraria, por ayudar, por tantas y tantas cosas que no eran hambre real. 

Esa es la forma que aprendí para no contactar con lo incómodo, con la frustración, con esa sensación de  vacío que me acompañaba. Una forma inconsciente de alejarme de mis sentimientos, de evitar sentir. Obsesionándome con adelgazar durante mucho tiempo y olvidando lo que realmente podría transformarme y que no es otra cosa que vivir cada instante y permitirme sentir todo eso de lo que huyo; conectar con lo que hay, con la realidad desnuda, con el miedo y con las viejas heridas que están pidiendo a gritos ser atendidas. 

La comida funcionaba como una especie de “calmante” que tomaba cuando algo me dolía. A corto plazo me hacía sentir mejor, había una ganancia. Pero se convirtió en un problema cuando el único recurso del que disponía para manejar cómo me sentía era la comida. 

Ningún alimento puede por sí mismo satisfacer este tipo de hambre. El primer paso para satisfacer esta hambre, fue tomar conciencia de la necesidad que tenía de aprender a alimentar mi corazón y sus necesidades.  Fue en un retiro de meditación donde contacté con estas necesidades. Necesidad de atención amable, de afecto, de aprecio y refuerzo, validación y aceptación.

Me permití mirar para ver qué había de fondo en mi conducta. Y acepté que, de fondo, había hambre emocional. O hambres emocionales. Tuve que pararme, tomar conciencia del desafío, detener la compulsión con claridad y abstinencia de todo aquello que activaba el círculo de la compulsión y darme cuenta de que ningún hambre emocional puede ser saciada con alimento alguno. Y en eso sigo: entrenando la conciencia como verdadero alimento para mi alma.

Laura Jiménez Aguirre/ @lauraamorosamente_

Pedagoga y Psicóloga.

Instructora de Meditación y Mindfulness. Especializada en Educación y en conductas compulsivas y adicciones.

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